Filas

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FilasLa gente suele quejarse por cualquier cosa. Hoy en el supermercado, escuchaba como rezongaba la
mujer que esperaba detrás de mí, solo porque la cajera se tomaba su tiempo para cobrar. Y yo pensaba «cómo se nota que no estuvo en el San Roque».

Hace un tiempo, una infección en la muela me llevó, casi de urgencia, al dentista. Fui a este servicio público que nombré recién y que no quiero repetir. El solo hacerlo me da un tremendo resquemor. Al llegar, no me llamó la atención la cantidad de gente que había, sino la forma en que se iba haciendo la fila. En vez de seguir una línea que desembocara en el pasillo y siguiera hacia afuera, había una disposición curva, que daba el aspecto de una cola de serpiente enrollada. A medida que llegaban más personas, más estrecha se hacía, claro. Y, el que estaba segundo, estaba al lado del que estaba trigésimo cuarto. A su vez, éste estaba pegado al último.

Nadie parecía querer romper con este esquema. Llegué a pensar que se trataba de algún juego para pasar el denso tiempo de espera y no me había enterado. En un momento dado, tan atiborrado estaba de pacientes el lugar, que ya no había espacio entre unos y otros. Éramos una gran masa humana. En este punto, me sentí por demás molesta y les dije a viva voz que ya era hora de seguir la cola hacia otro lado. Todos me miraron fijo por un momento y luego siguieron cada cual con lo suyo, como si jamás hubiera hablado.

Por fin, el sujeto de la ventanilla empezó a atender. Suspiré aliviada, sin saber que, a continuación, vendría lo peor. O lo mejor, cada cual lo puede ver como quiera.

Empezó a moverse la particular hilera y todo terminó de desvirtuarse: el que estaba casi último pasó a ser el segundo, el segundo pasó a ser el décimo. El que estaba tercero, supe tiempo después, apareció de nuevo en su casa. Empezaron a perderse pertenencias (una señora perdió su cartera) y no sólo eso, se empezaron a perder personas. Un vecino de mi cuadra, que estaba adelante mío, desapareció. Al día de hoy, su mujer aún lo busca. Lo reportó a la policía, a los medios de comunicación y cuanto medio se le cruzó, pero nada. Hay quienes dicen que se lo vio muy acaramelado con una blonda en un pueblo del interior, pero ese ya es otro tema.

En cada nuevo avance que hacíamos, sabíamos que algo se iba a modificar. Fue así que, a las dos horas, me encontré abrazada y a los besos con un muchacho que hacía un rato atrás estaba con su novia. En otra rebatida, tenía de la mano a un nene, que no paraba de decirme: —¿Mamá cuándo nos vamos? ¿Mamá falta mucho?

Inclusive, en cierta ocasión, la fila avanzó tanto y tan confusamente que me hallé dentro de un consultorio, con chaquetilla, barbijo y espejito en mano, revisando la dentadura de un paciente.

Renegué de la mala suerte de no disponer del dinero suficiente como para hacerme atender en el ámbito privado y, ya estaba pensando en abandonar el recinto, cuando finalmente llegó mi turno. Salté de alegría, creía que jamás iba a alcanzarlo. El empleado tomó mis datos, firmé una planilla y me dijo que pasara directamente por el consultorio quince. Entre la muchedumbre pude distinguir el número y empecé a empujar para pasar. Después de horas de espera y caos, la gente estaba muy nerviosa y para nada amable, por lo cual me costó bastante arribar.

Al ver, frente a mí, la puerta que me separaba del odontólogo que me aguardaría impaciente —imaginaba yo—, volví a festejar. Algo insólito, no es común ver personas rebosando felicidad ante el hecho de pasar por el molesto torno.

Golpeé y pasé. Cuando hube entrado, no vi al profesional, ni a la silla donde uno debe sentarse, ni ninguna de esas cosas. Sólo vi más gente haciendo cola y al cabo de un instante, entendí dónde estaba. Volví al punto de partida, era la última de la fila.

Perdiendo totalmente los estribos, me puse a gritar que todo nos llevaba a la nada misma, que estábamos perdiendo el tiempo y que la culpa era nuestra por acomodarnos como lo hacíamos. Todos me miraron fijamente con ojos grandes, sorprendidos, pero al cabo de un instante volvieron a sus cosas. Como si jamás se hubiese pronunciado palabra alguna.

1 comentario:

  1. Me has hecho reír, de lo reales que son estas cosas absurdas. La realidad es una fuente genial para la literatura, felicitaciones por el relato :D
    Me encantó.
    ¡Besos!

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