Placard
¡Cuánta aflicción sentí aquella tarde al pensar que lo perdía! Llegué a casa y lo encontré contemplando, embelesado, la puesta de sol. Sonreía triste, la mirada perdida en el horizonte lejano (más lejano e inasible que nunca) y la respiración profunda, como buscando llenar todo su ser del "afuera". La brisa vespertina jugueteaba con su cabello. Y una lágrima resentida caía por mi mejilla.

Abrumada, me encerré en el baño a pensar. Debía planear algo, inventar un ardid, darle una lección o lo que fuera para persuadirlo de que no existía una vida, sino era conmigo. No podían ser en vano tantos años de felicidad, sobre todo los posteriores a nuestra decisión...


El amor de mi vida vivía en mi placard.

Me escuchaba entrar a la habitación y se acomodaba el pelo y corregía su postura, sentado sobre las cajas de zapatos. Y así lo encontraba, desnudo y dorado, aún bajo la sombra que volcaban sobre él los tapados colgados en los viejos percheros.
Ponía absoluto esmero en enamorarme a cada instante, temeroso de que un día cualquiera le pidiese que se vistiera para irse y le diera así el lugar a otro.
No tenía noción de cuánto lo amaba. ¿Cómo no hacerlo? Si cada vez que abría la puerta, me sorprendía. Algunas noches, con sonetos dulcísimos que, al compás de su viola, calaban en lo más profundo de mis emociones. Acordes infectados de ternura, atravesaban mi tórax de par en par, hasta que de mis labios escapaba un murmullo, —Amor mío, vení—. Entonces, quitaba la guitarra de sus manos para crear juntos nuestra canción, composición de latidos descontrolados y frases lujuriosas, deslizándose en la amalgama de cuerpos y almas.

Después del éxtasis, me llevaba a la oniria con sus caricias, para volver luego a su lugarcito, cuidadoso de no hacer ni un mínimo ruido.

En las típicas mañanas de malhumor, cuando no tenía ganas ni de lavarme los dientes, él lo simplificaba todo: caminaba adormilada hacia el ropero y me encontraba con que había elegido ya mi "outfit", con un exquisito gusto además. Luego, sacaba un cepillo y me peinaba frente al espejo, mientras me decía que era yo la mujer más maravillosa del mundo. Y me convencía. Debía serlo para él. Aun teniendo una vida completa, aun siendo suyo el mundo, decidió que estas cuatro paredes limiten su existencia.

No tuve que hacer un largo trabajo psicológico para convencerlo, ni amenazarlo, ni mucho menos drogarlo, nada de esas viles estrategias. Sucedió, simplemente se dio así. Como si toda su vida hubiera esperado que llegara aquel momento de abandonar todo lo que conocía, para entrar en una nueva dimensión.

Éramos felices. Era feliz. Incluso cuando, a sabiendas de que debía irme y quedaría completamente solo, perdido entre los distintos géneros, la tristeza se hacía carne en sus ojos, mis amados ojos. ¿Y cómo no serlo yo también? Si, al volver, sabía que estaría allí esperándome para quitarme el pesado traje del cansancio y llevarme a sitios desconocidos, de la mano de algún que otro Verne, o de algún Hemingway...

¿Díganme, cómo? Si en un mundo manchado por el egoísmo, la traición y cuántas canalladas más, compartíamos un espacio sagrado, ajeno a toda miseria humana, en donde su cuerpo era mi altar divino, yo su pequeña deidad y nuestro ensamble perfecto, el secreto milenario de la inmortalidad.

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Esa tarde, al volver a la habitación, lo hallé dormido en el placard, con una especie de satisfacción dibujada en el rostro. Supuse que debía estar soñando con la libertad que imaginó mirando el ventanal. Y me sentí desbordada por el rencor que me producía esa forma de deslealtad suya: —¡Maldito seas, infeliz!— chillé, clavándole un puntapié en la espalda.

Antes de que pudiera reaccionar, cerré con llave la puerta del ropero y me alejé. Dejé que la noche me envolviera con sus encantos infames y me perdí, entre alcohol, amores de ocasión y bluses melancólicos, presagiadores de finales inminentes. Pero, mi peor error, fue perder la noción del tiempo.

Al tercer día del episodio, ya liberada de la confusión en la que me sumí tras largas jornadas de descontrol, un dolor muy fuerte se instaló en mi pecho: las cosas estaban muy mal. Salí. Salí a la calle y, como motivada por fuerzas ajenas a mi cuerpo, corrí despavorida a buscarlo, amor, amor mío, esperame...

Su piel, teñida por el azul del cielo, sus brazos aferrados a mi vestido, sus labios con la impronta de mi nombre. Lo arrastré como pude hasta la cama y lloré tendida sobre su hermoso cuerpo glacial.

Qué amor incondicional, qué entrega.
Qué ingrata fui, qué ciega.
Qué dolor tan grande, qué vacío.
Vacía mi alma, mi vida, mi placard.

Al menos a éste último ya lo llené, con mis cinco pares nuevos de zapatos.