la nocheSe disipa de a poco la niebla y allí la veo en lo alto, tan hermosa, tan frágil. La noche purpúrea acentúa la fatalidad del suceso: ella se arrojará desde un muro a gran altura.
Los rayos resplandecen en su blonda cabellera, en tanto que el viento alborota sus rizos y los volados de su vestido blanco, acompasado por la trágica expresión de Salvatore Adamo:  "La noche, me hace al volver, enloquecer".
¡Oh, bellísima Marilyn, no lo hagas!
Atrás quedaron su erotismo y candor; ahora sólo veo un rostro impasible, pero que  reverbera la angustia de ser quién es, el dolor por la vida que le ha sido destinada.
Nada puedo hacer. La veo por una pequeñísima ventana cuadrada, dentro de mi obscura y silenciosa habitación. Grito, agito los brazos, pero es en vano, ella elegirá irse...
Luego siguieron el sobresaltamiento y la confusión: otra vez la misma pesadilla. En el living sonaba la voz de Adamo, supuse que de allí procedía la cortina musical onírica.
Pero, ¡qué cosa indescifrable el subconsciente! En algún recóndito lugar de mi mente, se escondía un mensaje, quizás una señal ¿O una profecía?
Era absurdo. El ícono sexual de la década de los cincuenta, había muerto hacía ya cincuenta y cuatro años, víctima de una sobredosis, entonces ¿ En qué punto podrían confluir su triste final, con el sueño y con mi persona?
Se lo comenté a mi marido, quien me respondió con un bufido desde el sillón, sin siquiera levantar la vista. Recibí más atención de mi hermoso Françoise, el cual ronroneando vino hasta mi regazo, donde quedó completamente dormido.
Esta pesadilla se repetía noche tras noche: a veces despertaba antes de finalizar la dramática escena, otras llorando amargamente. Buscaba  inútilmente en Internet, alguna respuesta a este interrogante que me tenía a maltraer; sucedía que no tenía a quién contar esto que me torturaba.
Quiero decir, sin ir más lejos: mi madre hacía ya un mes que no aparecía en mi vida. La llamaba, le dejaba mensajes en su contestador, tocaba el timbre de su casa y sólo hallaba ausencia.
Comenzaba a preocuparme, hasta hace dos semanas atrás, cuando la vi en el centro comercial. Iba muy alegre, por la galería de las flores, acompañada por unas risueñas señoras, pero su rostro se desfiguró al verme. Tan pronto alcé la mano para saludar, se escabulló como pudo entre la gente.
En fin, así me encontraba, con la única compañía de mi gato y con este enigma que comenzaba a hacer mella en mi razón.

                 ***

Anoche, mi sueño develó un nuevo detalle: al intensificarse la tormenta y precipitar el viento la cabellera de Monroe, los rizos dejaron ver en su nacimiento, unas largas y oscuras mechas que iban abriéndose paso de a poco, de manera que la melena rubia se veía como una peluca ordinaria.
Esta nueva revelación me hubiera inquietado de sobremanera, de no ser por el desdichado fallecimiento de la actriz argentina, Greta Almirón, muerta en su departamento de Recoleta,en circunstancias confusas, tal como anunció el noticiario vespertino.
Siento una especie de orgullo patético, al creer que mis pesadillas eran vaticinios de lo que le iba a  suceder a la artista. Soy una vidente en toda la extensión del concepto.
Corro a contarle a Manuel lo ocurrido, pero esta vez no recibo su típico bufido de respuesta. En esta ocasión me dirige la palabra, para decirme que me deje de tonteras y me ponga a cocinar para recibir a sus compañeros de trabajo, que están  prontos a llegar.
Mi vida ha vuelto a ser gris, monótona y triste. El misterio onírico llegó a su fin y de nuevo estoy sola en la cocina, trabajando para esa gente a quien le importo nada, incluido mi esposo.
Llueve torrencialmente y en un santiamén, mi gato escapa a la calle, vaya a saber por qué.
Corro atolondrada a buscarlo y veo que se trepa por el paredón colindante con el de los vecinos ¡Françoise, Françoise, baja ya!, vocifero a viva voz, en tanto que él sigue a toda marcha por la fina lindera que separa a ambas casas, desoyéndome.
Tan alta es la tapia, que busco una escalera de madera que mi marido tiene en el patio, para socorrer al único ser por el que vale la pena arriesgarme.
Al subir, entre la atroz lluvia, los truenos y las ráfagas encolerizadas, pierdo la noción no sólo del paradero de mi mascota,sino de mi propia realidad. Mejor dicho, la turbulencia de la tormenta estando a gran altura, me hace ver de otra manera mi existencia.
Manuel ya está abajo, con sus amigos. Escucho de soslayo que me pide que me baje, que estoy loca, pero, ¿y si no bajo? ¿Qué puede pasar?
Lo único que sé, es que si le hago caso, me encontraré de nuevo con una vida marcada por una infancia infeliz, con una madre que jamás me amó, por el contrario me entregó a unos parientes y luego, por culpa, me buscó, para seguir brindándome su indiferencia. Que permitió a su pareja abusar de mí, en incontables ocasiones y lejos, lejísimos de defenderme, prefirió echarme, encontrándome culpable de mi propia desgracia.
Con un esposo que me ignora desde hace diez años, con el cual tengo diálogo a cuentagotas, porque sólo me habla para darme órdenes, fría y secamente. Que jamás me dio cariño, y mucho menos se interesó en saber si era feliz.
Escucho cada vez más lejos las voces que vienen de abajo, pero ¡oh! Alguien está escuchando "La noche", de Adamo. La música resuena en mí, como si viniera desde mis adentros.
Fulgura el cielo y la tormenta arrecia cada vez con más fuerza. Me paro en la delgada muralla, mientras el ventarrón arremete contra los volados de mi camisón blanco, contra mi largo pelo castaño. Ellos vislumbran mi intención y gritan, se desesperan, pero nada me importa ya.
Porque ya elegí irme, hastiada de dolor por la vida que me ha sido destinada.
Me arrojo entonces, liberada.